sábado, 21 de abril de 2018

Me duele(s)

Me desperté con un dolor horripilante en la pierna izquierda. Intenté todo: ponerme de pie, mover la pierna, darme una ducha, andar un rato... Todo era inútil y el dolor no hacía más que aumentar. Comenzó con una punzada en el gemelo, fuerte pero soportable, y ahora es como si un tractor hubiese pasado por encima de mi pierna.

Estaba sentado en la cama cuando decidí quitarme los pantalones para ver si había algún causante de mi sufrimiento pero no encontré nada. Sin embargo tenía la pierna de un color amarillento, como un cardenal gigante que se extendía por cada milímetro de piel. La toqué y me arrepentí al instante pues al pasar al pasar delicadamente mi dedo índice por el muslo sentí un dolor que no puedo explicar de otra forma que no sea un taladrador entrando lentamente en la carne, en el músculo.

Dejé pasar media hora hasta que, entre delirios producidos por la agonía, tuve un momento de lucidez y decidí arrastrarme hasta el salón para llamar por el fijo a alguien. ¿A quién? No sé; tal vez a mi madre para decirle que aún la qiiero, o tal vez a un médico que se digne a venir a las cinco de la mañana a decirme qué me ocurre. Pero al llegar al teléfono marco casi por instinto el número de mi padre. El buzón de voz. "Te quiero" digo, y cuelgo.

No soporto la agonía y una vez pasado el momento de lucidez decido ir a la cocina y, con el cuchillo más grande que tengo, me corto un dedo. Cuando era pequeño y me dolía la cabeza mi madre me daba un pellizco para olvidar el dolor de cabeza, o para sustituir el dolor por uno más soportable.

No funciona. Corto otro dedo. Nada, sólo mucha sangre. Me corto la mano y empiezo a sentir la sangre abandonando mi cuerpo y un alivio en la pierna. Sonrío y corto el brazo por el codo. Veo el suelo de la cocina rojo, ¿sangre? Seguramente, pero cada vez lo veo todo más nublado y sólo veo rojo, mucho rojo, y sonrío porque ya no siento la pierna.

Recuerdame.

Los "te quiero" más bonitos que voy a saber decirte son,
precisamente,
los que no te digo.
Así que lo siento si a veces me quedo en silencio,
creando una situación que no te agrada,
pero el silencio siempre ha sido parte importante de mi vida
dar un trocito de este es sólo una forma de agradecer sin saber muy bien cómo.

Así que te quiero,
cuando te lo recuerdo y cuando no,
cuando sólo digo "bobo"
y contesto "nada cariño" a tu "dime",
cuando sonrío al ver que me mandas besitos,
y cuando no sé que decir al verte llorar.

Te diría que quiero que estés conmigo siempre,
pero prefiero que seas feliz,
así que vuela pajarito,
ya tienes la jaula abierta.

miércoles, 11 de abril de 2018

Grigori

Grigori es hogar, es apoyo,
es sentirse a salvo.
Es la foto de ese animalito tan lindo
y también es quien se alegra al verla,
aunque soy yo quien se alegra al verlo.
Grigori es un silencio agradable
después de un día ruidoso.
Es risa, caricia,
es cariño, amistad.
Grigori es el milagro por el que tanto has rezado
a un dios en el que ya no crees.
Es quien te da la mano,
cuando algo te da miedo,
sin saber que tu mayor miedo,
es perderlo.

domingo, 25 de marzo de 2018

De mí para mí.

Debería estar durmiendo pero no puedo, estoy segura de que hay alguien cerca mirándome.

¿No lo ves? Está justo en esa esquina, mirando como me muevo de un lado a otro de la cama mientras da lentos pasos hacia mí.

No me dejes sola ahora, por favor. Me da miedo que llegue a hacerme algo.

¿Qué quieres decir con psicosis? ¿De verdad no lo ves? Mide casi un metro ochenta y sonríe cuando ve que lo miro.

No estoy loca, lo juro, no tengo un problema, ¿cómo puedes no verlo?

Ya sé que no es real, no hace falta que me grites. Pero hay algo dentro de mí que me dice a gritos que es real, y que va a acercarse lo suficiente para tocarme.

No te asustes de mí. Por favor no te vayas. Sé que soy rara, y problemática, y soy muy pesada. Pero por favor no te vayas.

Yo también me he cansado de mí misma pero no puedo seguir con esto yo sola. No podré aguantarlo yo sola.

Ya ha dado al menos diez pasos más y empieza a estirar el brazo para acariciarme. Espera ¿estamos en mi cuarto?

No lo sé, de repente he visto una habitación amueblada, pero la he sentido completamente desconocida. No tengo ningún lugar calmado.

Está bien. Vete. Huye. Yo también lo haría si pudiera, no voy a culparte por ello, pero no vuelvas. Nunca. Ni se te ocurra dejar este vacío y querer volver en dos semanas porque no voy a dejarte volver.

Ya sé que te da igual, déjame en guerra, porque aquí paz poca. Adiós.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Miedo.

He soñado con la niña que fui mucho antes de todo esto. De toda esta tristeza, de todas estas dudas, de todas estas inseguridades.

Estaba frente al espejo que había en la casa de nuestra abuela, pintandose los labios e imaginando tener 15 años. Creía que a esa edad habría cumplido todos mis sueños, los cuales eran aprender a bailar y a coser, creía que tendría amistades como las de las películas americanas y que nunca empezaría a fumar. Tendrías que haberme visto cuando era una niña llena de ilusión con dos coletas y unas ganas incontrolables de hablar sin parar. Es una pena que lo único que quede de ella sea lo a salvo que me siento al abrazar un peluche y mi costumbre de hablar, aunque ahora hable sola porque me aterra ser el centro de atención.

He soñado con la niña que fui mucho antes de todo esto. Se quedó mirándome y después preguntó: "¿qué te pasa". Sólo supe contestarle "no nos pasa nada cariño", y esto la asustó. Pude ver y sentir el terror que experimentó cuando le dije eso, cuando se dio cuenta de que no sería una gran bailarina y que no llegaría el día que mamá nos dijese que está orgullosa de nosotras. Cuando me vio el paquete de tabaco y se percató de que apestaba a vodka y ron. Intentó hablarlo con nuestro padre pero nunca estaba, y tuvo que quedarse ahí, aterrada, mirándome y esperando el futuro que nunca quisimos.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Lamento haber vuelto.

Han pasado doscientos cuarenta y siete días desde que pasé por nuestro parque y me senté en nuestro banco por última vez, y hoy he vuelto. Con un ramo de claveles, las flores que más odiabas, con un tulipán en medio, porque adorabas estos. Sé que siempre fui rara, y que mi manera de enseñarte a ver el lado bueno te desquiciaba, pero finalmente siempre sonreías tirando los claveles, para guardar el tulipán. Tal vez no fue la forma correcta, pero sí la más conveniente.

He vuelto hoy, después de haberme ido y haberte dejado sola sin armadura porque el pijama siempre fue más cómodo. Debo decirte que desarmarte nunca fue mi intención, creí que tenías tu armamento en el cajón izquierdo de la mesilla de noche, y que te lo pondrías como cada mañana, pero esta vez sin mi ayuda.

He estado pensando y me he dado cuenta de que tenías razón, me aburre la monotonía aunque soy una persona de costumbres, lo cual siempre te pareció contradictorio.  En este tiempo he sido la persona más desatada que podrías llegar a imaginar, y he conocido muchas personas nuevas, cada cual distinta a la anterior. Nunca busqué compañía, pero la acabé encontrando, y ahora mi peludo y baboso amigo Poseidón me escucha en mi camino sin destino. También hay una amable jovencita que me escribe cartas contándome cómo está su familia, y lo mucho que quiere a su conejito Arándano.

Hoy, después de tanto tiempo, he vuelto a la ciudad. No quiero llamarte, ni buscarte, no después de dejarte las llaves de mi entonces vacío apartamento para que fueses a por tus cosas y a por un papel en el que escribí: "lo siento, tengo que irme, volveré, no sé cuándo, pero si la espera es breve te llamaré, si esperas más de tres meses, no llamaré". Sabía bien que aunque hubiese vuelto a la semana, tú ya no querrías mis llamadas, pero te di tres meses para que me lloraras, pues sé que después de eso, me metiste en el baúl de los recuerdos junto a ese peinado que nunca te quedó bien.

He llegado nuestro banco, y después de leerle un poema al viento, he dejado las flores para alejarme, sabiendo que ya nunca volveré.

martes, 24 de octubre de 2017

Nunca se me han dado bien las palabras.
De pequeña era la niña tímida que se trababa con la más simples y cotidianas de las palabras cuando le tocaba leer en voz alta.
La de la caligrafía inteligible.
Fui la que escribía cuentos de reinos imaginarios en media carilla, y le quedaba espacio para hacer un dibujo (destrozando por completo ambos, pero qué se puede esperar de una niña).
Era la que pedía cinco veces que le repitieran esa última frase en un copiado porque "es que no me he enterado de lo último".
No, nunca se me han dado bien las palabras.
Ni siquiera ahora, que casi diez años después vivo para leerlas, escucharlas, estudiarlas y clasificarlas, porque nada me gusta más que aprender una nueva.

Siempre me gustaron los números.
Me gustaba sumar y saber cuánto llevabamos en el carrito de la compra.
Me gustaba restar porque así sabía cuánto dinero me quedaría si me compraba ese bolígrafo tan bonito.
Me gustó aprenderme las tablas de multiplicar (aunque sigo sin sabermelas todas) porque en cierto modo significaba crecer.
Me encantaba dividir y ser siempre la primera en acabar y la única en tener bien la cuenta porque "no, no, ahí es 3, no 2, ¿ves?"
Me encantaba pensar en que una cuenta sólo podía tener un resultado correcto y que 2+2 nunca sería otra cosa que no fuese 4.
Adoraba la exactitud, la precisión, el "si no os da 385 lo tenéis mal" porque no es lo mismo que 386, ni si quiera que 385,2.
Sí, siempre me gustaron los números.
Incluso cuando se empezaron a mezclar con letras.

Sigo sin saber qué me pasó, que acabé prefiriendo un poema de Neruda a una ecuación.
Que llené mis cuadernos de versos, de relatos, y olvidé las operaciones (matemáticas) porque preferí sacarme los pulmones sin bisturí ni anestesia.
Dejé de lado todo cuanto sabía por rodearme de mis mayores enemigas, y sólo ellas saben cuánto he aprendido a amarlas.
Acabe sustituyendo lo único que se me daba bien por algo que no podría hacer peor, supongo que si no hubiese sido así no estarías leyendo esto.

Tampoco soy muy buena pidiendo disculpas, porque siempre fui tan orgullosa que hacía que la otra pensase que quien debía disculparse era ella.
Pero entre las páginas de mi cuaderno perdí todo mi orgullo y me disculpé.
Le pedí perdón al niño al que casi envio al hospital un día, a la niña que sólo quería ser amable aquel día que estaba de mal humor.
Le dije lo siento a la chica que le quité el novio porque "qué te apuestas a que consigo que le deje en menos de un mes" (si estás leyendo esto: te hice un favor, créeme, aunque lo siento).
Y ahora te pido perdón a ti, por hacerte perder el tiempo leyendome a pesar de que no se me den bien las palabras, no sabes cuánto lo lamento.
Con esta disculpa te doy un consejo: deja de malgastar aquí tu tiempo, conmigo, con lo que escribo (con lo que tantos como yo llamamos "escribir" cuando deberíamos decir "vomitar"), vive porque es ahora o nunca, ríete cuando te caes y llora cuando te duela, grita cuando no lo soportes.