martes, 24 de octubre de 2017

Nunca se me han dado bien las palabras.
De pequeña era la niña tímida que se trababa con la más simples y cotidianas de las palabras cuando le tocaba leer en voz alta.
La de la caligrafía inteligible.
Fui la que escribía cuentos de reinos imaginarios en media carilla, y le quedaba espacio para hacer un dibujo (destrozando por completo ambos, pero qué se puede esperar de una niña).
Era la que pedía cinco veces que le repitieran esa última frase en un copiado porque "es que no me he enterado de lo último".
No, nunca se me han dado bien las palabras.
Ni siquiera ahora, que casi diez años después vivo para leerlas, escucharlas, estudiarlas y clasificarlas, porque nada me gusta más que aprender una nueva.

Siempre me gustaron los números.
Me gustaba sumar y saber cuánto llevabamos en el carrito de la compra.
Me gustaba restar porque así sabía cuánto dinero me quedaría si me compraba ese bolígrafo tan bonito.
Me gustó aprenderme las tablas de multiplicar (aunque sigo sin sabermelas todas) porque en cierto modo significaba crecer.
Me encantaba dividir y ser siempre la primera en acabar y la única en tener bien la cuenta porque "no, no, ahí es 3, no 2, ¿ves?"
Me encantaba pensar en que una cuenta sólo podía tener un resultado correcto y que 2+2 nunca sería otra cosa que no fuese 4.
Adoraba la exactitud, la precisión, el "si no os da 385 lo tenéis mal" porque no es lo mismo que 386, ni si quiera que 385,2.
Sí, siempre me gustaron los números.
Incluso cuando se empezaron a mezclar con letras.

Sigo sin saber qué me pasó, que acabé prefiriendo un poema de Neruda a una ecuación.
Que llené mis cuadernos de versos, de relatos, y olvidé las operaciones (matemáticas) porque preferí sacarme los pulmones sin bisturí ni anestesia.
Dejé de lado todo cuanto sabía por rodearme de mis mayores enemigas, y sólo ellas saben cuánto he aprendido a amarlas.
Acabe sustituyendo lo único que se me daba bien por algo que no podría hacer peor, supongo que si no hubiese sido así no estarías leyendo esto.

Tampoco soy muy buena pidiendo disculpas, porque siempre fui tan orgullosa que hacía que la otra pensase que quien debía disculparse era ella.
Pero entre las páginas de mi cuaderno perdí todo mi orgullo y me disculpé.
Le pedí perdón al niño al que casi envio al hospital un día, a la niña que sólo quería ser amable aquel día que estaba de mal humor.
Le dije lo siento a la chica que le quité el novio porque "qué te apuestas a que consigo que le deje en menos de un mes" (si estás leyendo esto: te hice un favor, créeme, aunque lo siento).
Y ahora te pido perdón a ti, por hacerte perder el tiempo leyendome a pesar de que no se me den bien las palabras, no sabes cuánto lo lamento.
Con esta disculpa te doy un consejo: deja de malgastar aquí tu tiempo, conmigo, con lo que escribo (con lo que tantos como yo llamamos "escribir" cuando deberíamos decir "vomitar"), vive porque es ahora o nunca, ríete cuando te caes y llora cuando te duela, grita cuando no lo soportes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario