Grigori es hogar, es apoyo,
es sentirse a salvo.
Es la foto de ese animalito tan lindo
y también es quien se alegra al verla,
aunque soy yo quien se alegra al verlo.
Grigori es un silencio agradable
después de un día ruidoso.
Es risa, caricia,
es cariño, amistad.
Grigori es el milagro por el que tanto has rezado
a un dios en el que ya no crees.
Es quien te da la mano,
cuando algo te da miedo,
sin saber que tu mayor miedo,
es perderlo.
miércoles, 11 de abril de 2018
Grigori
domingo, 25 de marzo de 2018
De mí para mí.
Debería estar durmiendo pero no puedo, estoy segura de que hay alguien cerca mirándome.
¿No lo ves? Está justo en esa esquina, mirando como me muevo de un lado a otro de la cama mientras da lentos pasos hacia mí.
No me dejes sola ahora, por favor. Me da miedo que llegue a hacerme algo.
¿Qué quieres decir con psicosis? ¿De verdad no lo ves? Mide casi un metro ochenta y sonríe cuando ve que lo miro.
No estoy loca, lo juro, no tengo un problema, ¿cómo puedes no verlo?
Ya sé que no es real, no hace falta que me grites. Pero hay algo dentro de mí que me dice a gritos que es real, y que va a acercarse lo suficiente para tocarme.
No te asustes de mí. Por favor no te vayas. Sé que soy rara, y problemática, y soy muy pesada. Pero por favor no te vayas.
Yo también me he cansado de mí misma pero no puedo seguir con esto yo sola. No podré aguantarlo yo sola.
Ya ha dado al menos diez pasos más y empieza a estirar el brazo para acariciarme. Espera ¿estamos en mi cuarto?
No lo sé, de repente he visto una habitación amueblada, pero la he sentido completamente desconocida. No tengo ningún lugar calmado.
Está bien. Vete. Huye. Yo también lo haría si pudiera, no voy a culparte por ello, pero no vuelvas. Nunca. Ni se te ocurra dejar este vacío y querer volver en dos semanas porque no voy a dejarte volver.
Ya sé que te da igual, déjame en guerra, porque aquí paz poca. Adiós.
miércoles, 28 de febrero de 2018
Miedo.
He soñado con la niña que fui mucho antes de todo esto. De toda esta tristeza, de todas estas dudas, de todas estas inseguridades.
Estaba frente al espejo que había en la casa de nuestra abuela, pintandose los labios e imaginando tener 15 años. Creía que a esa edad habría cumplido todos mis sueños, los cuales eran aprender a bailar y a coser, creía que tendría amistades como las de las películas americanas y que nunca empezaría a fumar. Tendrías que haberme visto cuando era una niña llena de ilusión con dos coletas y unas ganas incontrolables de hablar sin parar. Es una pena que lo único que quede de ella sea lo a salvo que me siento al abrazar un peluche y mi costumbre de hablar, aunque ahora hable sola porque me aterra ser el centro de atención.
He soñado con la niña que fui mucho antes de todo esto. Se quedó mirándome y después preguntó: "¿qué te pasa". Sólo supe contestarle "no nos pasa nada cariño", y esto la asustó. Pude ver y sentir el terror que experimentó cuando le dije eso, cuando se dio cuenta de que no sería una gran bailarina y que no llegaría el día que mamá nos dijese que está orgullosa de nosotras. Cuando me vio el paquete de tabaco y se percató de que apestaba a vodka y ron. Intentó hablarlo con nuestro padre pero nunca estaba, y tuvo que quedarse ahí, aterrada, mirándome y esperando el futuro que nunca quisimos.
jueves, 14 de diciembre de 2017
Lamento haber vuelto.
Han pasado doscientos cuarenta y siete días desde que pasé por nuestro parque y me senté en nuestro banco por última vez, y hoy he vuelto. Con un ramo de claveles, las flores que más odiabas, con un tulipán en medio, porque adorabas estos. Sé que siempre fui rara, y que mi manera de enseñarte a ver el lado bueno te desquiciaba, pero finalmente siempre sonreías tirando los claveles, para guardar el tulipán. Tal vez no fue la forma correcta, pero sí la más conveniente.
He vuelto hoy, después de haberme ido y haberte dejado sola sin armadura porque el pijama siempre fue más cómodo. Debo decirte que desarmarte nunca fue mi intención, creí que tenías tu armamento en el cajón izquierdo de la mesilla de noche, y que te lo pondrías como cada mañana, pero esta vez sin mi ayuda.
He estado pensando y me he dado cuenta de que tenías razón, me aburre la monotonía aunque soy una persona de costumbres, lo cual siempre te pareció contradictorio. En este tiempo he sido la persona más desatada que podrías llegar a imaginar, y he conocido muchas personas nuevas, cada cual distinta a la anterior. Nunca busqué compañía, pero la acabé encontrando, y ahora mi peludo y baboso amigo Poseidón me escucha en mi camino sin destino. También hay una amable jovencita que me escribe cartas contándome cómo está su familia, y lo mucho que quiere a su conejito Arándano.
Hoy, después de tanto tiempo, he vuelto a la ciudad. No quiero llamarte, ni buscarte, no después de dejarte las llaves de mi entonces vacío apartamento para que fueses a por tus cosas y a por un papel en el que escribí: "lo siento, tengo que irme, volveré, no sé cuándo, pero si la espera es breve te llamaré, si esperas más de tres meses, no llamaré". Sabía bien que aunque hubiese vuelto a la semana, tú ya no querrías mis llamadas, pero te di tres meses para que me lloraras, pues sé que después de eso, me metiste en el baúl de los recuerdos junto a ese peinado que nunca te quedó bien.
He llegado nuestro banco, y después de leerle un poema al viento, he dejado las flores para alejarme, sabiendo que ya nunca volveré.
martes, 24 de octubre de 2017
Nunca se me han dado bien las palabras.
De pequeña era la niña tímida que se trababa con la más simples y cotidianas de las palabras cuando le tocaba leer en voz alta.
La de la caligrafía inteligible.
Fui la que escribía cuentos de reinos imaginarios en media carilla, y le quedaba espacio para hacer un dibujo (destrozando por completo ambos, pero qué se puede esperar de una niña).
Era la que pedía cinco veces que le repitieran esa última frase en un copiado porque "es que no me he enterado de lo último".
No, nunca se me han dado bien las palabras.
Ni siquiera ahora, que casi diez años después vivo para leerlas, escucharlas, estudiarlas y clasificarlas, porque nada me gusta más que aprender una nueva.
Siempre me gustaron los números.
Me gustaba sumar y saber cuánto llevabamos en el carrito de la compra.
Me gustaba restar porque así sabía cuánto dinero me quedaría si me compraba ese bolígrafo tan bonito.
Me gustó aprenderme las tablas de multiplicar (aunque sigo sin sabermelas todas) porque en cierto modo significaba crecer.
Me encantaba dividir y ser siempre la primera en acabar y la única en tener bien la cuenta porque "no, no, ahí es 3, no 2, ¿ves?"
Me encantaba pensar en que una cuenta sólo podía tener un resultado correcto y que 2+2 nunca sería otra cosa que no fuese 4.
Adoraba la exactitud, la precisión, el "si no os da 385 lo tenéis mal" porque no es lo mismo que 386, ni si quiera que 385,2.
Sí, siempre me gustaron los números.
Incluso cuando se empezaron a mezclar con letras.
Sigo sin saber qué me pasó, que acabé prefiriendo un poema de Neruda a una ecuación.
Que llené mis cuadernos de versos, de relatos, y olvidé las operaciones (matemáticas) porque preferí sacarme los pulmones sin bisturí ni anestesia.
Dejé de lado todo cuanto sabía por rodearme de mis mayores enemigas, y sólo ellas saben cuánto he aprendido a amarlas.
Acabe sustituyendo lo único que se me daba bien por algo que no podría hacer peor, supongo que si no hubiese sido así no estarías leyendo esto.
Tampoco soy muy buena pidiendo disculpas, porque siempre fui tan orgullosa que hacía que la otra pensase que quien debía disculparse era ella.
Pero entre las páginas de mi cuaderno perdí todo mi orgullo y me disculpé.
Le pedí perdón al niño al que casi envio al hospital un día, a la niña que sólo quería ser amable aquel día que estaba de mal humor.
Le dije lo siento a la chica que le quité el novio porque "qué te apuestas a que consigo que le deje en menos de un mes" (si estás leyendo esto: te hice un favor, créeme, aunque lo siento).
Y ahora te pido perdón a ti, por hacerte perder el tiempo leyendome a pesar de que no se me den bien las palabras, no sabes cuánto lo lamento.
Con esta disculpa te doy un consejo: deja de malgastar aquí tu tiempo, conmigo, con lo que escribo (con lo que tantos como yo llamamos "escribir" cuando deberíamos decir "vomitar"), vive porque es ahora o nunca, ríete cuando te caes y llora cuando te duela, grita cuando no lo soportes.
martes, 15 de agosto de 2017
Juguetes.
Una muñeca de porcelana, una muñeca distinta a las demás, pues esta tenía vida (o al menos podía moverse libremente). Se sentía sola, perdida, desamparada, hasta que encontro más juguetes como ella, todos se movían pero ninguno hablaba. Se veían, paseaban, lloraban, mas nunca reían, nunca hablaban, nunca cantaban.
El pequeño soldadadito de plomo sin sombrero la acompañaba. Él estaba cada vez que la muñeca se caía y tenía una nueva grieta, y ella recorría kilómetros a su lado en busca de su sombrero perdido.
Pero, ¿por qué ellos podían caminar? ¿Por qué no eran juguetes que usar esperando que no se quejen? Sencillo, porque los habían roto, los condenaron a una vida de grietas, sombreros perdidos, barbies calvas, coches sin ruedas, peluches sin relleno.
Pero se tenían entre ellos, se aferraban los unos a los otros y a pasear de todo, ellos hacían que algunos momentos fueran dignos para llamar vida a su maldición. Veían el atardecer tras los edificios, corrían por parques jugando al escondite con los humanos, y les gustaba ver que muchas personas más vacías que ellos llamaban vida a su propia maldición.
miércoles, 2 de agosto de 2017
Huye.
Había una vez una princesa con cicatrices y en vaqueros, que subida en su moto iba en camino a Ninguna Parte para alejarse del reino donde la tachaban de débil e ingenua.
Dirigiéndose a una ciudad cercana donde encontrar una estancia para la noche, encontró a una chica bajita de tez palida. Era una noche fría y decidió llevarla a un sitio en el que pudiese resguardarse del frío y el peligro. Le dio su casco, y le ofreció pasar la noche a su lado en algún hostal. Estuvieron hablando horas, contándose la una a la otra de dónde venían y de qué huían.
La princesa era más grande a los ojos, pero Dulce (que era el nombre que le dio a aquella chica) siempre fue mucho más fuerte y valiente. Dulce la ayudaba y apoyaba, y a cambio ella hacía lo mismo; siempre le secaba las lágrimas y la hacía sonreír.
Después de un par de semanas juntas, el mayor miedo de la princesa empezó a hacerse realidad, y comenzó a confiar en ella a pesar de haberse prometido no confiar en nadie nunca más, no darle el poder de dañarle a otra persona. Sin embargo no pudo evitarlo y comenzó a quererla cada día un poquito más. Pero Dulce tras ver su verdadera cara, sin máscara alguna, sólo pudo gritar y correr, dejando a una princesa, que con lágrimas recorriendole las mejillas encendió un cigarro, se subió a su moto, y no volvió a mirar a atrás nunca más.